A Nina Anguita, gran artista, mágica amiga que supo dar vida y
realidad a mi árbol imaginado; dedico el cuento que, sin saber, escribí para
ella mucho antes de conocerla.
El
pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en
racimo[1]
que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor
mortecino[2]
de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a
desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.
"Mozart,
tal vez", piensa Brígida. Como de costumbre se ha olvidado de pedir el
programa. "Mozart, tal vez, o Scarlatti..." ¡Sabía tan poca música! Y
no era porque no tuviese oído ni afición. De niña fue ella quien reclamó
lecciones de piano; nadie necesitó imponérselas, como a sus hermanas. Sus
hermanas, sin embargo, tocaban ahora correctamente y descifraban a primera
vista, en tanto que ella... Ella había abandonado los estudios al año de
iniciarlos. La razón de su inconsecuencia era tan sencilla como vergonzosa[3]:
jamás había conseguido aprender la llave de Fa, jamás. "No comprendo, no
me alcanza la memoria más que para la llave de Sol". ¡La indignación de su
padre! "¡A cualquiera le doy esta carga de un infeliz viudo con varias
hijas que educar! ¡Pobre Carmen! Seguramente habría sufrido por Brígida. Es
retardada esta criatura".
Brígida
era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre
llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco
primeras que prefería simplificarse el día declarándola retardada. "No voy
a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le
gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan
las muñecas[4] a los dieciséis
años, que juegue". Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido
totalmente ignorante.
¡Qué
agradable es ser ignorante! ¡No saber exactamente quién fue Mozart; desconocer
sus orígenes, sus influencias, las particularidades de su técnica! Dejarse
solamente llevar por él de la mano, como ahora.
Y
Mozart la lleva, en efecto. La lleva por un puente suspendido sobre un agua
cristalina que corre en un lecho de arena rosada. Ella está vestida de blanco,
con un quitasol[5] de encaje[6],
complicado y fino como una telaraña, abierto sobre el hombro.
Estás
cada día más joven, Brígida. Ayer encontré a tu marido, a tu ex marido, quiero
decir. Tiene todo el pelo blanco.
Pero
ella no contesta, no se detiene, sigue cruzando el puente que Mozart le ha tendido
hacia el jardín de sus años juveniles.
Altos
surtidores[7]
en los que el agua canta. Sus dieciocho años, sus trenzas[8]
castañas que desatadas le llegaban hasta los tobillos, su tez[9]
dorada, sus ojos oscuros tan abiertos y como interrogantes. Una pequeña boca de
labios carnosos, una sonrisa dulce y el cuerpo más liviano[10]
y gracioso del mundo. ¿En qué pensaba, sentada al borde de la fuente? En nada.
"Es tan tonta como linda" decían. Pero a ella nunca le importó ser
tonta ni "planchar" en los bailes. Una a una iban pidiendo en
matrimonio a sus hermanas. A ella no la pedía nadie.
¡Mozart!
Ahora le brinda una escalera de mármol[11]
azul por donde ella baja entre una doble fila de lirios de hielo. Y ahora le
abre una verja[12] de barrotes
con puntas doradas para que ella pueda echarse al cuello de Luis, el amigo
íntimo de su padre. Desde muy niña, cuando todos la abandonaban, corría hacia
Luis. Él la alzaba y ella le rodeaba el cuello con los brazos, entre risas que
eran como pequeños gorjeos[13]
y besos que le disparaba aturdidamente sobre los ojos, la frente y el pelo ya
entonces canoso (¿es que nunca había sido joven?) como una lluvia desordenada.
"Eres un collar”, le decía Luis. “Eres como un collar de pájaros".
Por eso
se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre solemne y taciturno[14]
no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona y perezosa. Sí,
ahora que han pasado tantos años comprende que no se había casado con Luis por
amor; sin embargo, no atina[15]
a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto...
Pero he
aquí que Mozart la toma nerviosamente de la mano y, arrastrándola en un ritmo
segundo a segundo más apremiante[16],
la obliga a cruzar el jardín en sentido inverso, a retomar el puente en una
carrera que es casi una huida. Y luego de haberla despojado del quitasol y de
la falda transparente, le cierra la puerta de su pasado con un acorde dulce y
firme a la vez, y la deja en una sala de conciertos, vestida de negro,
aplaudiendo maquinalmente en tanto crece la llama de las luces artificiales.*
De
nuevo la penumbra[17]
y de nuevo el silencio precursor.
*Y
ahora Beethoven empieza a remover el oleaje[18]
tibio de sus notas bajo una luna de primavera. ¡Qué lejos se ha retirado el
mar! Brígida se interna playa adentro hacia el mar contraído allá lejos,
refulgente y manso, pero entonces el mar se levanta, crece tranquilo, viene a
su encuentro, la envuelve, y con suaves olas la va empujando, empujando por la
espalda hasta hacerle recostar la mejilla sobre el cuerpo de un hombre. Y se
aleja, dejándola olvidada sobre el pecho de Luis.
“No tienes
corazón, no tienes corazón”, solía decirle a Luis. Latía tan adentro el corazón
de su marido que no pudo oírlo sino rara vez y de modo inesperado. “Nunca estás
conmigo cuando estás a mi lado protestaba en la alcoba, cuando antes de
dormirse él abría ritualmente los periódicos de la tarde. ¿Por qué te has
casado conmigo?”
“Porque
tienes ojos de venadito[19]
asustado”, contestaba él y la besaba. Y ella, súbitamente alegre, recibía
orgullosa sobre su hombro el peso de su cabeza cana. ¡Oh, ese pelo plateado y
brillante de Luis!
“Luis,
nunca me has contado de qué color era exactamente tu pelo cuando eras chico, y
nunca me has contado tampoco lo que dijo tu madre cuando te empezaron a salir
canas a los quince años. ¿Qué dijo? ¿Se rió? ¿Lloró? ¿Y tú estabas orgulloso o
tenías vergüenza? Y en el colegio, tus compañeros, ¿qué decían? Cuéntame, Luis,
cuéntame. . .”
“Mañana
te contaré. Tengo sueño, Brígida, estoy muy cansado. Apaga la luz.”
Inconscientemente
él se apartaba de ella para dormir, y ella inconscientemente, durante la noche
entera, perseguía el hombro de su marido, buscaba su aliento, trataba de vivir
bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta[20]
que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.
Por las
mañanas, cuando la mucama[21]
abría las persianas[22],
Luis ya no estaba a su lado. Se había levantado sigiloso y sin darle los buenos
días, por temor al collar de pájaros que se obstinaba en retenerlo fuertemente
por los hombros. "Cinco minutos, cinco minutos nada más. Tu estudio no va
a desaparecer porque te quedes cinco minutos más conmigo, Luis".
Sus
despertares. ¡Ah, qué tristes sus despertares! Pero era curioso apenas pasaba a
su cuarto de vestir, su tristeza se disipaba como por encanto.
Un
oleaje bulle, bulle muy lejano, murmura como un mar de hojas. ¿Es Beethoven?
No.
Es el
árbol pegado a la ventana del cuarto de vestir. Le bastaba entrar para que
sintiese circular en ella una gran sensación bienhechora[23].
¡Qué calor hacía siempre en el dormitorio por las mañanas! ¡Y qué luz cruda!
Aquí, en cambio, en el cuarto de vestir, hasta la vista descansaba, se
refrescaba. Las cretonas desvaídas, el árbol que desenvolvía sombras como de
agua agitada y fría por las paredes, los espejos que doblaban el follaje y se
ahuecaban en un bosque infinito y verde. ¡Qué agradable era ese cuarto! Parecía
un mundo sumido en un acuario. ¡Cómo parloteaba ese inmenso gomero! Todos los
pájaros del barrio venían a refugiarse en él. Era el único árbol de aquella
estrecha calle en pendiente que, desde un costado de la ciudad, se despeñaba
directamente al río.
Estoy
ocupado. No puedo acompañarte... Tengo mucho que hacer, no alcanzo a llegar
para el almuerzo... Hola, sí estoy en el club. Un compromiso. Come y acuéstate...
No. No sé. Más vale que no me esperes, Brígida.
“¡Si
tuviera amigas!” suspiraba ella. Pero todo el mundo se aburría con ella. ¡Si
tratara de ser un poco menos tonta! ¿Pero cómo ganar de un tirón tanto terreno
perdido? Para ser inteligente hay que empezar desde chica, ¿no es verdad?
A sus
hermanas, sin embargo, los maridos las llevaban a todas partes, pero Luis “¿por
qué no había de confesárselo a sí misma?”, se avergonzaba de ella, de su
ignorancia, de su timidez y hasta de sus dieciocho años. ¿No le había pedido
acaso que dijera que tenía por lo menos veintiuno, como si su extrema juventud
fuera en ellos una tara secreta?
Y de
noche ¡qué cansado se acostaba siempre! Nunca la escuchaba del todo. Le
sonreía, eso sí, le sonreía con una sonrisa que ella sabía maquinal. La colmaba
de caricias de las que él estaba ausente. ¿Por qué se había casado con ella?
Para continuar una costumbre, tal vez para estrechar la vieja relación de
amistad con su padre.
Tal vez
la vida consistía para los hombres en una serie de costumbres consentidas[24]
y continuas. Si alguna llegaba a quebrarse, probablemente se producía el
desbarajuste, el fracaso. Y los hombres empezaban entonces a errar por las
calles de la ciudad, a sentarse en los bancos de las plazas, cada día peor
vestidos y con la barba más crecida. La vida de Luis, por lo tanto, consistía
en llenar con una ocupación cada minuto del día. ¡Cómo no haberlo comprendido
antes! Su padre tenía razón al declararla retardada.
Me
gustaría ver nevar alguna vez, Luis.
Este
verano te llevaré a Europa y como allá es invierno podrás ver nevar.
Ya sé
que es invierno en Europa cuando aquí es verano. ¡Tan ignorante no soy!
A
veces, como para despertarlo al arrebato del verdadero amor, ella se echaba
sobre su marido y lo cubría de besos, llorando, llamándolo: Luis, Luis, Luis...
¿Qué?
¿Qué te pasa? ¿Qué quieres?
Nada.
¿Por
qué me llamas de ese modo, entonces?
Por
nada, por llamarte. Me gusta llamarte.
Y él
sonreía, acogiendo con benevolencia aquel nuevo juego.
Llegó
el verano, su primer verano de casada. Nuevas ocupaciones impidieron a Luis
ofrecerle el viaje prometido.
Brígida,
el calor va a ser tremendo este verano en Buenos Aires. ¿Por qué no te vas a la
estancia con tu padre?
¿Sola?
Yo iría
a verte todas las semanas, de sábado a lunes.
Ella se
había sentado en la cama, dispuesta a insultar. Pero en vano buscó palabras
hirientes que gritarle. No sabía nada, nada. Ni siquiera insultar.
¿Qué te
pasa? ¿En qué piensas, Brígida?
Por
primera vez Luis había vuelto sobre sus pasos y se inclinaba sobre ella,
inquieto, dejando pasar la hora de llegada a su despacho.
“Tengo
sueño... “, había replicado Brígida puerilmente, mientras escondía la cara en
las almohadas.
Por
primera vez él la había llamado desde el club a la hora del almuerzo. Pero ella
había rehusado salir al teléfono, esgrimiendo rabiosamente el arma[25]
aquella que había encontrado sin pensarlo: el silencio.
Esa
misma noche comía frente a su marido sin levantar la vista, contraídos todos
sus nervios.
¿Todavía
está enojada, Brígida?
Pero
ella no quebró el silencio.
Bien
sabes que te quiero, collar de pájaros. Pero no puedo estar contigo a toda
hora. Soy un hombre muy ocupado. Se llega a mi edad hecho un esclavo de mil
compromisos.
. . .
¿Quieres
que salgamos esta noche?...
. . .
¿No
quieres? Paciencia. Dime, ¿llamó Roberto desde Montevideo?
¡Qué
lindo traje! ¿Es nuevo?
. . .
¿Es
nuevo, Brígida? Contesta, contéstame...
Pero
ella tampoco esta vez quebró el silencio.
Y en
seguida lo inesperado, lo asombroso, lo absurdo. Luis que se levanta de su
asiento, tira violentamente la servilleta sobre la mesa y se va de la casa
dando portazos.
Ella se
había levantado a su vez, atónita, temblando de indignación por tanta
injusticia. "Y yo, y yo”, murmuraba desorientada, “yo que durante casi un
año... cuando por primera vez me permito un reproche... ¡Ah, me voy, me voy
esta misma noche! No volveré a pisar nunca más esta casa..." Y abría con
furia los armarios de su cuarto de vestir, tiraba desatinadamente la ropa al
suelo.
Fue
entonces cuando alguien o algo golpeó en los cristales de la ventana.
Había
corrido, no supo cómo ni con qué insólita valentía[26],
hacia la ventana. La había abierto. Era el árbol, el gomero que un gran soplo
de viento agitaba, el que golpeaba con sus ramas los vidrios, el que la
requería desde afuera como para que lo viera retorcerse hecho una impetuosa[27]
llamarada[28] negra bajo
el cielo encendido de aquella noche de verano.
Un
pesado aguacero[29] no tardaría
en rebotar contra sus frías hojas. ¡Qué delicia! Durante toda la noche, ella
podría oír la lluvia azotar, escurrirse por las hojas del gomero como por los
canales de mil goteras[30]
fantasiosas. Durante toda la noche oiría crujir y gemir el viejo tronco del
gomero contándole de la intemperie, mientras ella se acurrucaría,
voluntariamente friolenta, entre las sábanas del amplio lecho, muy cerca de
Luis.
Puñados
de perlas que llueven a chorros sobre un techo de plata. Chopin. Estudios de
Federico Chopin.
¿Durante
cuántas semanas se despertó de pronto, muy temprano, apenas sentía que su
marido, ahora también él obstinadamente callado, se había escurrido del lecho?
El
cuarto de vestir: la ventana abierta de par en par, un olor a río y a pasto
flotando en aquel cuarto bienhechor, y los espejos velados por un halo de
neblina.
Chopin
y la lluvia que resbala por las hojas del gomero con ruido de cascada secreta,
y parece empapar hasta las rosas de las cretonas[31],
se entremezclan en su agitada nostalgia.
¿Qué
hacer en verano cuando llueve tanto? ¿Quedarse el día entero en el cuarto
fingiendo una convalecencia o una tristeza? Luis había entrado tímidamente una
tarde. Se había sentado muy tieso. Hubo un silencio.
Brígida,
¿entonces es cierto? ¿Ya no me quieres?
Ella se
había alegrado de golpe, estúpidamente. Puede que hubiera gritado: "No,
no; te quiero, Luis, te quiero", si él le hubiera dado tiempo, si no
hubiese agregado, casi de inmediato, con su calma habitual:
En todo
caso, no creo que nos convenga separarnos, Brígida. Hay que pensarlo mucho.
En ella
los impulsos se abatieron tan bruscamente como se habían precipitado. ¡A qué
exaltarse inútilmente! Luis la quería con ternura y medida; si alguna vez llegara
a odiarla, la odiaría con justicia y prudencia. Y eso era la vida. Se acercó a
la ventana, apoyó la frente contra el vidrio glacial, Allí estaba el gomero
recibiendo serenamente la lluvia que lo golpeaba, tranquilo y regular. El
cuarto se inmovilizaba en la penumbra, ordenado y silencioso. Todo parecía
detenerse, eterno y muy noble. Eso era la vida. Y había cierta grandeza en
aceptarla así, mediocre, como algo definitivo, irremediable. Mientras del fondo
de las cosas parecía brotar y subir una melodía de palabras graves y lentas que
ella se quedó escuchando: "Siempre". "Nunca"...
Y así
pasan las horas, los días y los años. ¡Siempre! ¡Nunca! ¡La vida, la vida!
A1
recobrarse cayó en cuenta que su marido se había escurrido del cuarto.
¡Siempre!
¡Nunca!... Y la lluvia, secreta e igual, aún continuaba susurrando en Chopin.
El
verano deshojaba su ardiente calendario. Caían páginas luminosas y
enceguecedoras como espadas de oro, y páginas de una humedad malsana como el
aliento de los pantanos; caían páginas de furiosa y breve tormenta, y páginas
de viento caluroso, del viento que trae el "clavel del aire" y lo
cuelga del inmenso gomero.
Algunos
niños solían jugar al escondite entre las enormes raíces convulsas que
levantaban las baldosas de la acera, y el árbol se llenaba de risas y de
cuchicheos. Entonces ella se asomaba a la ventana y golpeaba las manos; los
niños se dispersaban asustados, sin reparar en su sonrisa de niña que a su vez
desea participar en el juego.
Solitaria,
permanecía largo rato acodada en la ventana mirando el oscilar del follaje
siempre corría alguna brisa en aquella calle que se despeñaba directamente
hasta el río y era como hundir la mirada en un agua movediza o en el fuego
inquieto de una chimenea. Una podía pasarse así las horas muertas, vacía de
todo pensamiento, atontada de bienestar.
Apenas
el cuarto empezaba a llenarse del humo del crepúsculo ella encendía la primera
lámpara, y la primera lámpara resplandecía en los espejos, se multiplicaba como
una luciérnaga[32] deseosa de
precipitar la noche.
Y noche
a noche dormitaba junto a su marido, sufriendo por rachas. Pero cuando su dolor
se condensaba hasta herirla como un puntazo, cuando la asediaba un deseo
demasiado imperioso de despertar a Luis para pegarle o acariciarlo, se escurría
de puntillas hacia el cuarto de vestir y abría la ventana. El cuarto se llenaba
instantáneamente de discretos ruidos y discretas presencias, de pisadas
misteriosas, de aleteos[33],
de sutiles chasquidos[34]
vegetales, del dulce gemido de un grillo escondido bajo la corteza del gomero
sumido en las estrellas de una calurosa noche estival[35].
Su
fiebre decaía a medida que sus pies desnudos se iban helando poco a poco sobre
la estera[36]. No sabía
por qué le era tan fácil sufrir en aquel cuarto.
Melancolía
de Chopin engranando un estudio tras otro, engranando una melancolía tras otra,
imperturbable.
Y vino
el otoño. Las hojas secas revoloteaban un instante antes de rodar sobre el
césped del estrecho jardín, sobre la acera de la calle en pendiente. Las hojas
se desprendían y caían... La cima del gomero permanecía verde, pero por debajo
el árbol enrojecía, se ensombrecía como el forro gastado de una suntuosa capa
de baile. Y el cuarto parecía ahora sumido en una copa de oro triste.
Echada
sobre el diván[37], ella
esperaba pacientemente la hora de la cena, la llegada improbable de Luis. Había
vuelto a hablarle, había vuelto a ser su mujer, sin entusiasmo y sin ira. Ya no
lo quería. Pero ya no sufría. Por el contrario, se había apoderado de ella una
inesperada sensación de plenitud, de placidez[38].
Ya nadie ni nada podría herirla. Puede que la verdadera felicidad esté en la
convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces
empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por
fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables.
Un
estruendo feroz, luego una llamarada blanca que la echa hacia atrás toda
temblorosa.
¿Es el
entreacto? No. Es el gomero, ella lo sabe.
Lo
habían abatido de un solo hachazo. Ella no pudo oír los trabajos que empezaron
muy de mañana.
"Las
raíces levantaban las baldosas[39]
de la acera y entonces, naturalmente, la comisión de vecinos..."
Encandilada
se ha llevado las manos a los ojos. Cuando recobra la vista se incorpora y mira
a su alrededor. ¿Qué mira?
¿La
sala de concierto bruscamente iluminada, la gente que se dispersa?
No. Ha
quedado aprisionada en las redes de su pasado, no puede salir del cuarto de
vestir. De su cuarto de vestir invadido por una luz blanca aterradora.* Era
como si hubieran arrancado el techo de cuajo; una luz cruda entraba por todos
lados, se le metía por los poros, la quemaba de frío. Y todo lo veía a la luz
de esa fría luz: Luis, su cara arrugada, sus manos que surcan gruesas venas
desteñidas, y las cretonas de colores chillones[40].
Despavorida[41]
ha corrido hacia la ventana. La ventana abre ahora directamente sobre una calle
estrecha, tan estrecha que su cuarto se estrella, casi contra la fachada de un
rascacielos deslumbrante. En la planta baja, vidrieras y más vidrieras llenas
de frascos. En la esquina de la calle, una hilera de automóviles alineados
frente a una estación de servicio pintada de rojo. Algunos muchachos, en mangas
de camisa, patean una pelota en medio de la calzada.
Y toda
aquella fealdad había entrado en sus espejos. Dentro de sus espejos había ahora
balcones de níquel y trapos colgados y jaulas con canarios.
Le
habían quitado su intimidad, su secreto; se encontraba desnuda en medio de la
calle, desnuda junto a un marido viejo que le volvía la espalda para dormir,
que no le había dado hijos. No comprende cómo hasta entonces no había deseado
tener hijos, cómo había llegado a conformarse a la idea de que iba a vivir sin
hijos toda su vida. No comprende cómo pudo soportar durante un año esa risa de
Luis, esa risa demasiado jovial, esa risa postiza[42]
de hombre que se ha adiestrado en la risa porque es necesario reír en
determinadas ocasiones.
¡Mentira!
Eran mentiras su resignación y su serenidad; quería amor, sí, amor, y viajes y locuras,
y amor, amor. . .
“Pero,
Brígida, ¿por qué te vas?, ¿por qué te quedabas?”, había preguntado Luis.
Ahora
habría sabido contestarle:
¡El
árbol, Luis, el árbol! Han derribado el gomero.
[1] Racimo: Conjunto de granos de uva sostenidos en un mismo tallo.
[2] Mortecino: (aplicado a cualquier cosa). Falto de vigor o viveza: ‘Luz mortecina. Brillo mortecino. Color mortecino’.
[3] Vergonzoso: Se dice de lo que es motivo de vergüenza: ‘Un asunto vergonzoso’.
[4] Muñeca: Figura de niña hecha de cartón u otro material, que sirve de juguete a las niñas.
[5] Quitasol: Sombrilla muy grande.
[6] Encaje: Tejido formado por un fondo reticulado que se rellena en algunas partes formando dibujos.
[7] Surtidor: Chorro de agua que surge del suelo o de una fuente en sentido vertical u oblicuo.
[8] Trenza: Tejido hecho con tres o más cabos o grupos de fibras o hebras de cualquier clase, pasando sucesiva y alternativamente cada uno de ellos por encima y por debajo de los otros. Particularmente, la hecha con el pelo de la cabeza para recogerlo en peinado.
[9] Tez: Superficie de la piel del rostro: ‘Tez sonrosada’.
[10] Liviano: «Leve. Ligero» De poca importancia.
[11] Mármol: Piedra caliza muy dura y con vetas de distintos colores, que admite hermoso pulimento y se utiliza en construcción y decoración.
[12] Verja: Estructura de barras o tiras de hierro, a veces formando dibujos, que se emplea para cerramientos, puertas, ventanas, etc.
[13] Gorjear: Cantar los pájaros haciendo gorgoritos.
[14] Taciturno: «Callado. Silencioso». Se aplica al que, por carácter, habla poco.
[15] Atinar: «Acertar. Dar en el blanco». Dar con alguna cosa que se dispara en el blanco propuesto.
[16] Apremiante: «Urgente». Que apremia: ‘Una necesidad apremiante. Una carta apremiante’.
[17] Penumbra: «Oscuridad». Sitio, hora o situación en que casi no hay luz: ‘Estaba acurrucado en la penumbra, en el quicio de un portal’.
[18] Oleaje: Movimiento de la superficie del agua con formación de olas.
[19] Venado: Mamífero rumiante cérvido; el macho tiene cuernos estriados y ramificados, llegando a tener hasta diez candiles o puntas en cada uno.
[20] Sediento: Se aplica al que o lo que tiene sed: ‘Los campos sedientos’.
[21] Mucama: Criado o sirviente.
[22] Persianas: Cierre que se coloca en las ventanas, balcones, etc., formado de listones entre los que quedan rendijas por las que puede pasar el aire pero poca luz; se emplean principalmente para interceptar la luz directa del Sol.
[23] Bienhechora: «Protector». Con respecto a alguien, persona que le protege o le ayuda en la vida.
[24] Consentido: Se aplica a la persona, particularmente un niño, demasiado mimado y al que se consiente demasiado que haga lo que quiere.
[25] Arma: Utensilio que sirve para atacar, herir, matar o defenderse.
[26] Valentía: Actitud valiente (decidida, exenta de temor o de encogimiento).
[27] Impetuoso: Apasionado, impulsivo o irreflexivo; se dice del que obra sin reflexionar o sin detenerse por consideraciones de conveniencia o prudencia.
[28] Llamarada: Llama grande que brota y se pasa rápidamente; como se produce, por ejemplo, echando en el fuego una porción de leña menuda y seca.
[29] Aguacero: «Chaparrón. Chubasco» Lluvia repentina, violenta y de poca duración.
[30] Gotera: Filtración de agua de lluvia a través de un techo o pared.
[31] Cretona: Tela de algodón fuerte, con dibujos estampados, que se usa para cortinas, tapicería, etc.
[32] Luciérnaga: Insecto coleóptero, de cuerpo blando, cuya hembra carece de alas y está dotada de un órgano fosforescente.
[33] Aleteo: Movimiento de las alas.
[34] Chasquido: Ruido que se produce al chascar. Chascar: Hacer un ruido especial con la lengua, aplicándola al paladar y separándola bruscamente. Se usa también como transitivo, diciendo ‘chascar la lengua’.
[35] Estival: Del estío (verano).
[36] Estera: Tejido grueso de esparto u otra materia basta semejante, con que se cubre el suelo.
[37] Diván: Asiento largo y mullido donde se puede estar tumbado, con brazos o sin ellos y con respaldo o sin él.
[38] Plácido: Agradable y exento de brusquedad o violencia: ‘El mar estaba plácido. Una tarde plácida. Unas vacaciones plácidas’.
[39] Baldosa: Ladrillo fino que se emplea para recubrir suelos.
[40] Chillón: Demasiado vivo o en contraste desagradable con otro u otros colores próximos.
[41] Despavorido: «Aterrado. Aterrorizado. Espantado». Con miedo en el mayor grado posible.
[42] Postizo: No nacido naturalmente en el sitio donde está, sino añadido o sobrepuesto: ‘Cabellera [Dentadura] postiza’.