Hernán Cortés
Porque para dar cuenta, muy poderoso
señor, a vuestra real excelencia, de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas
de esta gran ciudad de Temixtitan, del señorío y servicio de este Mutezuma,
señor de ella, y de los ritos y costumbres que esta gente tiene, y de la orden
que en la gobernación, así de esta ciudad como de las otras que eran de este
señor, hay, sería menester mucho tiempo y ser muchos relatores y muy expertos;
no podré yo decir de cien partes una, de las que de ellas se podrían decir, mas
como pudiere diré algunas cosas de las que vi, que aunque mal dichas, bien sé
que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque los que acá con
nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento
comprender.
Pero puede vuestra majestad ser cierto que si alguna falta en mi relación
hubiere, que será antes por corto que por largo, así en esto como en todo lo
demás de que diere cuenta a vuestra alteza, porque me parecía justo a mi
príncipe y señor, decir muy claramente la verdad sin interponer cosas que la
disminuyan y acrecienten. [...]
Esta
gran ciudad de Temixtitan está fundada en esta laguna salada, y desde la tierra
firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cualquiera parte que quisieren
entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cuatro entradas, todas de calzada hecha a
mano, tan ancha como dos lanzas jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y
Córdoba. Son las calles de ella, digo las principales, muy anchas y muy
derechas, y algunas de éstas y todas las demás son la mitad de tierra y por la
otra mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las calles de
trecho a trecho están abiertas por do atraviesa el agua de las unas a las
otras, y en todas estas aberturas, que algunas son muy anchas, hay sus puentes
de muy anchas y muy grandes vigas, juntas y recias y bien labradas, y tales,
que por muchas de ellas pueden pasar diez de a caballo juntos a la par. Y
viendo que si los naturales de esta ciudad quisiesen hacer alguna traición,
tenían para ello mucho aparejo, por ser la dicha ciudad edificada de la manera
que digo, y quitadas las puentes de las entradas y salidas, nos podrían dejar
morir de hambre sin que pudiésemos salir a la tierra. Luego que entré en la
dicha ciudad di mucha prisa en hacer cuatro bergantines, y los hice en muy
breve tiempo, tales que podían echar trescientos hombres en la tierra y llevar
los caballos cada vez que quisiésemos.
Tiene
esta ciudad muchas plazas, donde hay continuo mercado y trato de comprar y
vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda
cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil
ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos los géneros de mercadurías que en
todas las tierras se hallan, así de
mantenimientos como de vituallas, joyas de oro y plata, de plomo, de latón, de
cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles y de plumas.
Véndese cal, piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y
por labrar de
diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que
hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codornices, lavancos, dorales,
zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuela, papagayos, búharos, águilas,
halcones, gavilanes y cernícalos; y de algunas de estas aves de rapiña, venden
los cueros con su pluma y cabezas y pico y uñas. [...]
Hay
todas la maneras de verdura que se fallan, especialmente cebollas, puerros,
ajos, mastuerzo, berros, borrajas, acederas y cardos y tagarninas, hay frutas
de muchas maneras, en que hay cerezas y ciruelas que son semejables a las de
España. Venden miel de abejas y cera y
miel de cañas de maíz, que son tan melosas y dulces como las de azúcar, y miel de unas plantas que llaman en las otras y en
estas maguey, que es mejor que arrope, y destas plantas facen azúcar y
vino, que asimismo venden. [...]
La gente de esta ciudad es de más manera y
primor en su vestir y servicio que no la otra de estas otras provincias y
ciudades, porque como allí estaba siempre este señor Mutezuma, y todos los
señores sus vasallos ocurrían siempre a la ciudad, había en ellas más manera y
policía en todas las cosas. Y por no ser más prolijo en la relación de las
cosas de esta gran ciudad, aunque no acabaría tan aína, no quiero decir más
sino que en su servicio y trato de la gente de ella hay la manera casi de vivir
que en España, y con
tanto concierto y orden como allá, y que considerando esta gente ser bárbara y
tan apartada del conocimiento de Dios y de la comunicación de otras naciones de
razón, es cosa admirable ver la que tienen en todas las cosas. [...]