Sobre el autor, Julio Cortázar
Escritor argentino que nació en 1914 y murió en 1984. Entre sus obras más
conocidas se encuentra la novela Rayuela (Hopscotch), pero Cortázar también es muy
famoso por sus colecciones de cuentos. “Los amigos” pertenece a un libro titulado Final
del Juego. Las narraciones de Julio Cortázar se caracterizan por incluir elementos
inesperados que sorprenden al lector.
Vocabulario
liquidar- matar
encargarse - hacerse cargo de algo
noticioso- relacionado a las noticias
carreras- deporte en el cual los caballos compiten
torpeza- falta de agilidad o de coordinación
cálculo- operación matemática
gesto- expresión corporal o de la cara
lince- felino; persona astuta
pegar la vuelta a toda máquina- dar una vuelta de prisa, cambiar de dirección rápidamente
despachado- arreglado, resuelto, solucionado
chambergo- sombrero
vereda- camino
derrumbar- caerse
tranvía- tren
apuro- tener prisa
Preparación para la lectura
Completa el párrafo con el pluscuamperfecto de indicativo de los verbos indicados.
Romero y Beltrán __________________________ (ser) buenos amigos en el pasado.
Ambos ____________________________ (disfrutar) de las carreras de caballos en el
hipódromo. Ahora todo _______________________________ (cambiar). Ellos no
___________________________________ (verse) en mucho tiempo y sus vidas
__________________________________ (tomar) caminos diferentes.
Lectura
Julio Cortázar
(1914-1984)
Los amigos
(Final
del juego, 1956)
En ese juego todo tenía que andar
rápido. Cuando el Número Uno decidió que había que liquidar a Romero y que el
Número Tres se encargaría del trabajo, Beltrán recibió la información pocos
minutos más tarde. Tranquilo pero sin perder un instante, salió del café de
Corrientes y Libertad y se metió en un taxi. Mientras se bañaba en su
departamento, escuchando el noticioso, se acordó de que había visto por última
vez a Romero en San Isidro, un día de mala suerte en las carreras. En ese
entonces Romero era un tal Romero, y él un tal Beltrán; buenos amigos antes de
que la vida los metiera por caminos tan distintos. Sonrió casi sin ganas,
pensando en la cara que pondría Romero al encontrárselo de nuevo, pero la cara
de Romero no tenía ninguna importancia y en cambio había que pensar despacio
en la cuestión del café y del auto. Era curioso que al Número Uno se le hubiera
ocurrido hacer matar a Romero en el café de Cochabamba y Piedras, y a esa hora;
quizá, si había que creer en ciertas informaciones, el Número Uno ya estaba un
poco viejo. De todos modos la torpeza dé la orden le daba una ventaja: podía
sacar el auto del garaje, estacionarlo con el motor en marcha por el lado de
Cochabamba, y quedarse esperando a que Romero llegara como siempre a encontrarse
con los amigos a eso de las siete de la tarde. Si todo salía bien evitaría que
Romero entrase en el café, y al mismo tiempo que los del café vieran o
sospecharan su intervención. Era cosa de suerte y de cálculo, un simple gesto
(que Romero no dejaría de ver, porque era un lince), y saber meterse en el
tráfico y pegar la vuelta a toda máquina. Si los dos hacían las cosas como era
debido —y Beltrán estaba tan seguro de Romero como de él mismo— todo quedaría
despachado en un momento. Volvió a sonreír pensando en la cara del Número Uno
cuando más tarde, bastante más tarde, lo llamara desde algún teléfono público
para informarle de lo sucedido.
Vistiéndose despacio,
acabó el atado de cigarrillos y se miró un momento al espejo. Después sacó otro
atado del cajón, y antes de apagar las luces comprobó que todo estaba en orden.
Los gallegos del garaje le tenían el Ford como una seda. Bajó por Chacabuco,
despacio, y a las siete menos diez se estacionó a unos metros de la puerta del
café, después de dar dos vueltas a la manzana esperando que un camión de
reparto le dejara el sitio. Desde donde estaba era imposible que los del café
lo vieran. De cuando en cuando apretaba un poco el acelerador para mantener el
motor caliente; no quería fumar, pero sentía la boca seca y le daba rabia.
A las siete menos cinco
vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció en seguida por el
chambergo gris y el saco cruzado. Con una ojeada a la vitrina del café, calculó
lo que tardaría en cruzar la calle y llegar hasta ahí. Pero a Romero no podía
pasarle nada a tanta distancia del café, era preferible dejarlo que cruzara la
calle y subiera a la vereda. Exactamente en ese momento, Beltrán puso el coche
en marcha y sacó el brazo por la ventanilla. Tal como había previsto, Romero lo
vio y se detuvo sorprendido. La primera bala le dio entre los ojos, después
Beltrán tiró al montón que se derrumbaba. El Ford salió en diagonal,
adelantándose limpio a un tranvía, y dio la vuelta por Tacuarí. Manejando sin
apuro, el Número Tres pensó que la última visión de Romero había sido la de un
tal Beltrán, un amigo del hipódromo en otros tiempos.
Preguntas de comprensión del texto
1. ¿Qué quería el Número Uno? ¿Quién piensas que es esta persona?
2. ¿A qué hora iba a encontrarse Romero con sus amigos en el café?
3. Al principio de la lectura, ¿qué pensabas que haría Beltrán?
(Busca oraciones en el texto que justifiquen tu respuesta.)
4. ¿Qué hace Beltrán al final del cuento? ¿Obedeció la orden exacta del Número Uno?