Primera parte:
Cervantes escribe
a “Al duque de Béjar, marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares,
vizconde de La Puebla de Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y
Burguillo” y le suplica que “le reciba agradablemente en su protección”.
El prólogo:
En el prólogo,
primero Cervantes describe la fuente de inspiración para Don Quijote:
“El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los
cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte
para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al
mundo que le colmen de maravilla y de contento.” Y luego, agrega “soy padrastro
de Don Quijote”. Después y al contrario de
Arcipreste de Hita, afirma “soy poltrón y perezoso de andarme
buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos”. Y finalmente afirma “...todo él es una
invectiva contra los libros de caballerías...”.
Capítulo I
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1. Percha de astas y lanzas 2. Escudo ovular 3. Caballo de mala semblante 4. Lentejas 5. Pollo de paloma salvaje 6. Casco negro 7. Medias de terciopelo 8. Paño marrón 9. Instrumento cortante que se emplea para podar. 10. Aproximarse. 11. Delgado 12. Medida de superficie equivalente en algunos sitios a 6.600 m2. 13. Escribe continuaciones a las
obras Celestina y Amadís de Gaula. 14. Piropos que se dirige a una mujer en señal de admiración. 15. Caballero romántico y epónimo de Belianís (Persona o héroe cuyo nombre
se aplica a designar una época o un pueblo.) 16. Entregarse 17. Juego de palabras. Trapisonda = bulla o riña con
palabras. También aparece en los
libros de caballería con referencia a la tierra de los Trapa. 18 Óxido
de hierro 19. Yelmo (Parte de la armadura que cubría la
cabeza) con escudo. 20. Casco simple y cilíndrico. 21. En latín: era todo piel y
hueso 22. Juego de palabras. El prefijo
“ante-“ señala a la presidencia de algo, por ejemplo “anteayer”. El sufijo crea el agente de una acción, por
ejemplo “cantante”. En este caso,
‘arrocinar” = “enamorarse” o “embrutecerse”. A la vez “ante” = “alce” o
ciervo. Es un rocín-ciervo. 23. Juego de palabras. Pieza de la
armadura de guerra que cubría el muslo. También, parte superior de las ancas de las caballerías. 24. Juego de palabras. Sugiere "cara de culo". 25. Humor. 26. Descansar |
Que trata de la condición y ejercicio del famoso
hidalgo Don Quijote de la Mancha En
un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo
que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero1, adarga2
antigua, rocín3 flaco y galgo corredor. Una olla de algo
más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los
sábados, lantejas4 los viernes, algún palomino5
de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto
della concluían sayo de velarte6,
calzas de velludo7 para las fiestas, con sus pantuflos de
lo mesmo, y los días de entresemana
se honraba con su vellorí8 de lo más fino. Tenía en su casa
una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina
que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el
rocín como tomaba la podadera9. Frisaba10
la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto11
de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía
el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en
los autores que deste caso escriben; aunque por
conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana.
Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad. Es,
pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que
eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición
y gusto, que olvidó casi
de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su
hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas
hanegas12 de tierra de sembradura para comprar libros de
caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como
los que compuso el famoso Feliciano de Silva13; porque la
claridad de su prosa y aquellas entricadas razones
suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros14
y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la
sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con
razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también
cuando leía: «... los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con
las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que
merece la vuestra grandeza». Con estas razones perdía el
pobre caballero el juicio, y desvelábase por
entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera
el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.
No estaba muy bien con las heridas que don Belianís15 daba
y recebía, porque se imaginaba que, por grandes
maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el
cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor
aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas
veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como
allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si
otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia
con el cura de su lugar (que era hombre docto, graduado en Sigüenza), sobre
cuál había sido mejor caballero: Palmerín de
Ingalaterra, o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía
que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía
comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía
muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan
llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga. En
resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las
noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho
leer se le secó el celebro de manera, que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los
libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas,
requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele
de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas
soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta
en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero
que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un
revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor
estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles
había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules,
cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre
los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante,
porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y
descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba
bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le
veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó
aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él,
por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de
añadidura. En efeto,
rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio
loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el
aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero
andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las
aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los
caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y
poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre
y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el
valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda17;
y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que
en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar
unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín18
y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un
rincón. Limpiólas y aderezólas
lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada19
de encaje, sino morrión20 simple; mas a esto suplió su
industria, porque de
cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión,
hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era
fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos
golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una
semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho
pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó
a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal
manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva
experiencia della, la diputó y tuvo por celada
finísima de encaje. Fue
luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que
el caballo de Gonela, que tantum
pellis et ossa fuit21,
le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca
el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría;
porque (según se decía él a sí mesmo) no era razón
que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin
nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de
manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante, y
lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor
estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como
convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así,
después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a
hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante,
nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido
cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos
los rocines del mundo. Puesto
nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este
pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote23;
de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta
tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no
Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y
patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el
nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su
parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el
sobrenombre della. Limpias,
pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y
confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino
buscar una dama de quien enamorarse: porque el caballero andante sin amores
era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase
él: «Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por
ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros
andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o,
finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle
presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga
con voz humilde y rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro24,
señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en
singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la
Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la
vuestra grandeza disponga de mí a su talante25»? ¡Oh, cómo se holgó26 nuestro buen
caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar
nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo
había una moza labradora
de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque,
según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello.
Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le
pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole
nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de
princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del
Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos
los demás que a él y a sus cosas había puesto. |