Capítulo II
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1. Escudo de cuero 2. Pinta blanca junto al casco de
las caballerías. 3. Tono burlesco: Con la frescura, el brillo o el buen aspecto de cosa
nueva, joven o recién estrenada. 4. Se aplica a las personas que tienen la cara de color rojo encendido. 5. Fibra o pelo. 6. Arpado: Se aplica a los pájaros
de canto agradable. 7. Almibarado, amerengado,
azucarado. 8. Cronista 9. Acto de fuerza con que se ofende
o perjudica a alguien 10. Aguja o punta de una torre. 11. El parapeto (battlement) de una muralla. 12. Proporcionar solaz o regocijo a alguien. 13. Vegetación herbácea o leñosa
que nace por regeneración natural. 14. Aplicado a acciones ilegales, injustas
o mal hechas. 15. Acción desacertada o sin
objeto; tontería. 16. Como “mostredes” = mostréis, “acuitedes” = “preocupéis”. 17. Humor 18. Toda clase de armas. 19. Hombre que tenía a su cargo la
guardia de una fortaleza. 20. Adornos. 21. Ladrón mitológico (mitad hombre, mitad sátiro) que robó cuatro toros
y cuatro terneras del rebaño Hércules había quitado a Gerión. 22. Armadura o parte de ella, que protegía el pecho. 23. Pieza de la armadura que cubría la garganta. 24. Bacalao salado y prensado. |
Que trata de la primera salida que de su tierra
hizo el ingenioso don Quijote Hechas,
pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su
pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo
su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que
enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que
satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una
mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio,
se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta
celada, embrazó su adarga1, tomó su lanza, y, por la puerta
falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver
con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio
en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le
hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero,
y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún
caballero; y, puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel
caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos
pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su
locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero
que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había
leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba
limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño;
y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquél que su
caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras. Yendo,
pues, caminando nuestro flamante3 aventurero, iba hablando
consigo mesmo y diciendo: «¿Quién
duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera
historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no
ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta
manera?: 'Apenas había el rubicundo4 Apolo tendido por la
faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras5 de
sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas6
lenguas habían saludado con dulce y meliflua7 armonía la
venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y
balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso
caballero don Quijote
de la Mancha, dejando
las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó
a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que
por él caminaba. Y añadió diciendo: «Dichosa edad, y siglo dichoso aquél
adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en
bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo
futuro. ¡Oh tú, sabio
encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista8
desta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante,
compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras». Luego volvía
diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado: «¡Oh
princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón! Mucho agravio me habedes
fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento9
de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de
membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor
padece». Con
éstos iba ensartando
otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían
enseñado, imitando en
cuanto podía su lenguaje; y, con esto, caminaba tan despacio, y el sol
entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los
sesos, si algunos tuviera. Casi
todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se
desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia
del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del
Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo
he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales
de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su
rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas
partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores
donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio,
no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una
estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le
encaminaba. Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía. Estaban
acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla
con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y
como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía
ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó que
era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles10
de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos
aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la
venta, que a él le parecía castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas
a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas11
a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero
como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la
caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos distraídas
mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos
graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando12. En
esto sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos13
una manada de puercos (que, sin perdón, así se llaman) tocó un cuerno, a cuya
señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que
deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida, y así, con extraño
contento llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un
hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se
iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su
miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso
rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo: -Non
fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado14 alguno;
ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno,
cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran. Mirábanle
las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le
encubría; mas como se oyeron
llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la
risa, y fue de manera que don Quijote vino a correrse y a decirles: -Bien
parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez15,
además, la risa que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes16
ni mostredes mal talante17; que el mío non es de ál que de
serviros. El
lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero
acrecentaba en ellas la risa, y en él el enojo, y pasara muy adelante si a
aquel punto no saliera el
ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico, el cual,
viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como eran
la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar a las
doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efeto, temiendo la máquina
de tantos pertrechos18, determinó de hablarle comedidamente, y así le
dijo: -Si
vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque en esta
venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha abundancia. Viendo
don Quijote la humildad del alcaide19 de la fortaleza, que
tal le pareció a él el ventero y la venta, respondió: -Para
mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos20
son las armas, mi descanso el pelear, etc. Pensó
el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle parecido
de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la playa de
Sanlúcar, no menos ladrón que Caco21, ni menos maleante que
estudiante o paje, y así le respondió: -Según
eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre
velar; y siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasión y
ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche. Y,
diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con
mucha dificultad y trabajo, como aquél que en todo aquel día no se había
desayunado. Dijo
luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la
mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan
bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y acomodándole en la
caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban
desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales,
aunque le habían quitado el peto22 y el espaldar, jamás
supieron ni pudieron desencajarle la gola23, ni quitalle la
contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y era menester
cortarlas, por no poderse quitar los ñudos; mas él no lo quiso consentir en
ninguna manera, y así, se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que
era la más graciosa y extraña figura que se pudiera pensar; y al desarmarle,
como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le desarmaban eran
algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho
donaire:
O
Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote
de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las
fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de
acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa
que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero, tiempo vendrá en que las
vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el
deseo que tengo de serviros. Las
mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían
palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa. -Cualquiera
yantaría yo -respondió don Quijote-, porque, a lo que entiendo, me haría
mucho al caso. A
dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino unas
raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo24, y
en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle
si por ventura comería su merced truchuela; que no había otro pescado que
dalle a comer. -Como
haya muchas truchuelas -respondió don Quijote-, podrán servir de una trucha;
porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de a
ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera,
que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere,
venga luego; que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas. Pusiéronle
la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el huésped una
porción del mal remojado y peor cocido bacallao y un pan tan negro y mugriento
como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque, como
tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no
se lo daba y ponía, y ansí, una de aquellas señoras servía deste menester.
Mas al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara
una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino;
y todo esto lo recebía en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la
celada. Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y,
así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual
acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que le
servían con música, y que el abadejo eran truchas; el pan candeal, y las rameras, damas, y el
ventero castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su
determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado
caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura
alguna sin recebir la orden de caballería. |