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1. Propio de una venta (posada).
2. Se aplica a la persona hábil
para burlarse de otros.
3. Ligero indicio.
4. Muy airosa.
5. Injusticia o
ofensa.
6. Huésped de una pensión.
7. Caja de forma de arca.
8. Saddlebag
9. Vanidoso, cobarde, canalla. (de follar)
10. Asustado
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Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don
Quijote en armarse caballero
Y
así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril1 y
limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero y, encerrándose con él en la
caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:
-No
me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra
cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza
vuestra y en pro del género humano.
El
ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba
confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se
levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el
don que le pedía.
-No
esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío -respondió don
Quijote-; y así, os digo que el don que os he pedido y de vuestra liberalidad
me ha sido otorgado es que mañana
en aquel día me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla
deste vuestro castillo velaré las armas, y mañana, como tengo dicho, se
cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe ir por todas las cuatro
partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como
está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo
deseo a semejantes fazañas es inclinado.
El
ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón2 y ya
tenía algunos barruntos3 de la falta de juicio de su
huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones, y, por tener qué reír aquella
noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy
acertado en lo que deseaba y pedía y que tal prosupuesto era propio y natural
de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda4
presencia mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se había
dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo
buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas
de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia,
Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de
Toledo, y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies y sutileza de sus manos,
haciendo muchos tuertos5, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas
y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por
cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último,
se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y
con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de
cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les
tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo. Díjole
también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar
las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que, en caso
de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y que aquella noche
las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios
servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que él quedase armado
caballero, y tan caballero, que no pudiese ser más en el mundo.
Preguntóle
si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca, porque él nunca
había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los
hubiese traído. a esto dijo el ventero que se engañaba: que, puesto caso que
en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas
que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse
como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los
trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros
andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien
herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban
camisas y una arqueta7 pequeña llena de ungüentos para
curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los campos y
desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los curase, si ya
no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría,
trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con alguna
redoma de agua de tal virtud, que en gustando alguna gota della, luego al
punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen
tenido; mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados
caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y
de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y cuando
sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos (que eran pocas y raras
veces), ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas8 muy
sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra
cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión semejante, esto de
llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto
le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan
presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin
las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando
menos se pensase.
Prometióle don Quijote de
hacer lo que se le aconsejaba, con toda puntualidad, y así, se dio
luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la
venta estaba; y recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que
junto a un pozo estaba, y, embrazando su adarga, asió de su lanza, y con
gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el
paseo comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos
cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la vela de las armas y
la armazón de caballería que esperaba. Admiráronse de tan extraño
género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con sosegado
ademán, unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los ojos en
las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la
noche; pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se
la prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de
todos. Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a
dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que
estaban sobre la pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh
tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas
del más valeroso andante que jamás se ciñó espada! Mira lo que haces y no las
toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No
se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera
curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de
sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo y, puesto el
pensamiento (a lo que pareció) en su señora Dulcinea, dijo:
-Acorredme,
señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le
ofrece: no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo.
Y
diciendo éstas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y
dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en
el suelo, tan maltrecho, que si segundara con otro, no tuviera necesidad de
maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con
el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sin saberse lo que había
pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegó otro con la mesma
intención de dar agua a sus mulos y, llegando a quitar las armas para
desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a
nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza y, sin hacerla
pedazos, hizo más de
tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro. Al
ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto
don Quijote, embrazó su adarga y, puesta mano a su espada, dijo:
-¡Oh
señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es
tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que
tamaña aventura está atendiendo.
Con
esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los
arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos,
que tales los vieron,
comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el cual, lo
mejor que podía, se reparaba con su adarga, y no se osaba apartar de la pila,
por no desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como
era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos. También
don Quijote las daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el
señor del castillo era un follón9 y mal nacido caballero,
pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros; y que
si él hubiera recebido la orden de caballería, que él le diera a entender su
alevosía: -pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad,
llegad, venid, y ofendedme en cuanto pudiéredes; que vosotros veréis el pago
que lleváis de vuestra sandez y demasía.
Decía
esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le
acometían; y así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron
de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas, con
la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al
ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden
de caballería luego, antes que otra desgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se
desculpó de la insolencia que aquella gente baja con él había usado, sin que
él supiese cosa alguna; pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento.
Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para
lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar
armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él
tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo
se podía hacer; y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las
armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había
estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él estaba allí
pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que pudiese;
porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba
dejar persona viva en el castillo, eceto aquéllas que él le mandase, a quien
por su respeto dejaría.
Advertido
y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la
paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un
muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote
estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual (como que
decía alguna devota oración), en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen
golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldazaro, siempre
murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de
aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha
desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las
ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del novel caballero
les tenían la risa a raya. Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
-Dios
haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides.
Don
Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a
quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna
parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con
mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón
natural de Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, y que
dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don
Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante
se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le calzó la
espuela; con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntóle
su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado
molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don
y se llamase doña
Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas,
pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la
hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras; y,
ensillando luego a Rocinante, subió en él y, abrazando a su huésped, le dijo
cosas tan extrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que
no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no
menos retóricas, aunque con más breves palabras, respondió a las suyas y, sin
pedirle la costa de la posada, le dejó ir a la buen
hora.
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