I
—¿Qué
quieres, viejo?...
Varias
veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios[1].
Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando[2],
sacándose de la garganta un largo
monólogo de frases incomprensibles.
Ya habían descendido las tejas[3],
cubriendo los canteros[4]
muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras
de mampostería[5], haciéndolas
rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales[6]
y de yesos[7].
Y por las almenas[8]
sucesivas que iban desdentando[9]
las murallas aparecían —despojados de
su secreto— cielos rasos[10]
ovales o cuadrados, cornisas[11],
guirnaldas[12], dentículos[13], astrágalos[14],
y papeles encolados que colgaban de los testeros[15]
como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres[16]
con la nariz rota y el peplo[17]
desvaído[18], veteado[19]
de negro el tocado[20]
de mieses[21], se erguía
en el traspatio[22], sobre su
fuente de mascarones[23]
borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del
estanque[24] bostezaban
en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros
sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo
se había sentado, con el cayado[25]
apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos
en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina[26],
los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas[27]
concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos[28]
de aves desagradables y pechugonas[29].
Dieron
las cinco. Las cornisas y entablamentos se desploblaron. Sólo quedaron
escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más
fresco, aligerado de sudores, blasfemias[30],
chirridos[31] de cuerdas,
ejes que pedían alcuzas[32]
y palmadas[33] en torsos pringosos[34].
Para la casa mondada[35] el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía
de sombras en horas en que su ya caída balaustrada[36]
superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba
los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas[37],
abiertas sobre un paisaje de escombros[38].
Contrariando
sus apetencias, varios capiteles[39]
yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto[40]
descubrían su condición vegetal. Una enredadera[41]
aventuró sus tentáculos hacia la voluta[42]
jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba
más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía[43]
aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras
desorientadas.
Entonces
el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su
cayado sobre un cementerio de baldosas[44].
Los
cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos, vistiendo la tierra.
Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes[45]
de las murallas. Hojas de nogal[46]
claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos[47]
de las charnelas[48] volvían a
hundirse en sus hoyos, con rápida rotación.
En
los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas
juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en
lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus
proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más
peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias[49]
olvidadas.
El
viejo introdujo una llave en la cerradura[50]
de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco[51].
Cuando encendió los velones, un estremecimiento[52]
amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de
negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en
jícaras[53]
de chocolate.
Don
Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho
acorazado[54] de
medallas, escoltado[55]
por cuatro cirios[56]
con largas barbas de cera derretida
Los
cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño,
los apagó la monja[57]
apartando una lumbre. Las mechas[58]
blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes[59]
partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió
los ojos.
Confusas
y revueltas, las vigas[60]
del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos[61]
de medicina, las borlas[62]
de damasco[63], el
escapulario[64] de la
cabecera[65], los
daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico
movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió
algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda[66]
del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se
hizo reticente[67], penosa[68],
llena de escondrijos[69].
¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita[70],
a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio
del aposento. Aligerado de un peso en las sienes[71],
se levantó con sorprendente celeridad[72].
La mujer desnuda que se desperezaba sobre el
brocado[73] del lecho[74]
buscó enaguas[75]
y corpiños[76],
llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en
el coche cerrado, cubriendo tachuelas[77]
del asiento, había un sobre con monedas de oro.
Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse
la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al
despacho donde lo esperaban
hombres de justicia,
abogados y escribientes, para
disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias
se irían a manos del mejor postor[78],
al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en
los misterios de la letra escrita, en esas hebras[79]
negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas[80]
de balanzas, enlazando y desenlazando
compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos,
títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña[81]
de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre,
vedándole[82] caminos
desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir
el sonido temible de las palabras en
libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos
de legajos[83]. Atado por
ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel. Era el amanecer. El reloj
del comedor acababa de dar la seis de la tarde.
Transcurrieron meses
de luto, ensombrecidos por un remordimiento[84]
cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le
hacía casi razonable. Pero, poco a poco,
las apetencias de un cuerpo
nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al
flagelo[85].
Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo
luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa
volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la
calesa[86]
no traían en las crines[87]
más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día,
dispararon coces[88] a las
tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.
Al
crepúsculo, una tinaja[89]
llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo
rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha[90]
de cimarrona[91] y palomas
debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: "¡Desconfía de los
ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!" No había día en que el agua
no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una
jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile
aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.
Reaparecieron muchos parientes. Volvieron
muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas[92]
de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al
clavicordio. Las palmas perdían
anillos. Las enredaderas saltaban la
primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron
recién tallados. Más fogoso Marcial solía
pasarse tardes enteras
abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños
y papadas[93], y las
carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.
Los rubores[94]
eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos[95],
las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de
encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la oscuridad.
Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas—relumbrante de grupas[96]
alazanas, bocados[97]
de plata y charoles[98]
al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal[99]
interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó
danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes
a perfumes de Colonia, baños de benjuí[100],
cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban
caer sobre las lozas un mazo[101]
de vetiver[102]. El vaho[103]
del guarapo[104] giraba en
la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias
reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan
secas que tenían diapasón[105]
de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de
desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa
trocó[106] su vestido
de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la
iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y
amigos, y, con revuelo[107]
de bronces y alardes[108]
de jaeces[109], cada cual
tomó la calle de su morada[110].
Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día
en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados.
Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de rejas, la Ceres fue
sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron
casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el
alba, las luces de los velones.
Una
noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por
sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa
daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y
media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se
piensa, en enervamiento de vigilia[111],
que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles
firmemente asentados entre las vigas
del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su
espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.
Y
hubo un gran sarao[112],
en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre,
al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los
registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al
punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne
desestimada por los códigos. Luego de
achisparse[113] con
vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra
incrustada de nácar, un salterio[114]
y un serpentón[115].
Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de
los Lagos de Escocia.
Otro
embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros
encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez.
Marcial, que estaba requebrando[116]
atrevidamente a la de Campoflorido, su sumó[117]
al guirigay[118], buscando
en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron
todos al desván[119],
de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello[120],
se guardaban los trajes y libreas[121]
de la Casa de Capellanías. En entrepaños[122]
escarchados[123] de
alcanfor[124]
descansaban los vestidos de corte, un
espadín[125] de Embajador, varias guerreras emplastronadas,
el manto de un Príncipe de la Iglesia,
y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los
pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto[126],
miriñaques[127] amarillos,
túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero[128]
con redecilla[129] de borlas[130],
nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos.
La
de Campo florido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo[131]
de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes
decisiones familiares, para avivar los amansados[132]
fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
Disfrazados
regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor,
Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la
valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura,
recibiendo manos de hombre sobre las ballenas[133]
del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de "El
Jardín de las Modas". Las puertas se obscurecieron de fámulas[134],
cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los
entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego, se
jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, ocultó con la de Campoflorido
detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en
respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves
tibiezas[135] de escote[136].
Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las
atalayas[137] y
torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa
de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban[138]
las mulatas de grandes ajorcas[139],
sin perder nunca—así fuera de movida una guaracha[140]—sus
zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará
Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un
patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos
alabaron el garbo[141]
de una negra de pasas entrecanas[142],
que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro,
bailando con altivo mohín[143]
de reto.
VII
Las
visitas de Don Abundio, notario y albacea[144]
de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la
cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo
antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca,
cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin
sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto[145]
a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario
de San Carlos.
Después
de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los
dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al
principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas,
controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de
cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los
sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto.
"León", "Avestruz", Ballena", "Jaguar",
leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo,
"Aristóteles", "Santo Tomás", Bacon",
"Descartes", encabezaban páginas negras, en que se catalogaban
aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular
espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un
gran peso. Su mente se hizo alegre y
ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué
pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a
las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación
para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera.
El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon[146]
recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el
octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.
Varias
veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres
que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo
de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un
dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le
hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno,
renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus
cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de
dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista
baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.
Ahora
vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas
de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado,
Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San
Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el
andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y
Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las
mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban
su color primero.
VIII
Los
muebles crecían. Se hacía más
difícil sostener los antebrazos sobre
el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban[147]
el frontis[148]. Alargando
el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del
rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían
tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse
en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.
Una
mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de
jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a
ocultar el tomo bajo la jofaina[149]
del lavabo, y abrió una gaveta[150]
sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar
cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los
granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al
abanderado. Detrás, los artilleros,
con sus cañones, escobillones y
botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes.
Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio
a más de un metro de distancia.
—¡Pum!...
¡Pum!... ¡Pum!...
Caían
caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por
el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.
Desde
ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió
las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes.
Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado.
Algunas huelen a notario—como Don Abundio—por no conocer, con el cuerpo echado,
la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse
totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la
madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a
altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se
ocultaba debajo del clavicordio.
Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a
cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de
calderones-órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.
IX
Aquella
mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo
que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis
pasteles de la confitería de la Alameda—cuando sólo dos podían comerse, los
domingos, después de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el
abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre
persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con
agarraderas de bronce.
Tuvo
ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero[151]
Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras.
Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las
losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía
saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más
allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.
Al
levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El
Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque[152]
y los ejemplos usuales. Los "Sí, padre" y los No, padre", se
encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas
del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones
que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada
estatura y salla, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones:
porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque,
en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando
una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a
una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su
habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después,
llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre
vaciaba las fuentes de compota[153]
devueltas a la alacena[154].
El
padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después de Dios. Para
Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles.
Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.
X
Cuando
los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo
de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no
tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre,
ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como
Melchor.
Melchor
venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había
elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como
Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos[155].
Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo
del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de
doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las
palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las
cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta
vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las
sombras de la calle de la Amargura.
En días
de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial
hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba
Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos
cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de
terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco
que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel
arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían
en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el "Urí,
urí, urá", con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de
arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de
frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de
los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas
en caja de cristales rotos.
XI
Cuando
Marcial adquirió el habito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a
los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que
arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los
demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.
Marcial
prefería a Canelo porque sacaba
zapatos de las habitaciones y
desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de
tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba
huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo
acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico.
Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo
llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido
abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los
demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca
ocuparían.
Canelo
y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para
dibujar en su lana formas de nubes pardas que
se ensanchaban lentamente.
Eso costaba castigo de cintarazos.
Pero
los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en
cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la
compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre
de bárbaro", Marcial miraba a Canelo,
riendo con los ojos Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y
todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la
fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En
horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa
gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado;
la lagartija que decía "urí, urá", sacándose del cuello una corbata
rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su
agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.
—¡Guau,
guau!—dijo.
Hablaba
su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con
sus manos objetos que estaban fuera del alcance de sus manos
XII
Hambre,
sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas
realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoiria. Ignoraba su
nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato,
ni el oído, ni siquiera la vista. Sus
manos rozaban formas
placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba
por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes
nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que
moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia
la vida.
Pero
ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos
sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.
Las
aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva,
dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las
pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían
sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba
en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de
lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios,
los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron
volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas.
Todo lo
que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde,
llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las
panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las
cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo
canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición
primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.
XIII
Cuando
los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el
trabajo acabado. Alguien se había llevado la
estatua de Ceres, vendida la
víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a
sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la
historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de
mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al
relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a
la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más
seguramente llevan a la muerte.
[1] Andamio = Armazón de tablones
para colocarse encima de ella y trabajar en la construcción o reparación de
edificios, pintar paredes, etc
[2] Fisgonear = Fisgar, curiosear
por costumbre.
[3] Teja = Pieza de barro cocido en
forma de canal, para cubrir por fuera los techos.
[4] Cantero = Trozo de tierra
laborable, gralte. largo y estrecho.
[5] Mampostería = Obra hecha con
mampuestos colocados y ajustados unos con otros sin sujeción a determinado
orden de hiladas o tamaños. Mampuesto = Piedra sin labrar que se puede
colocar en obra con la mano.
[6] Cal = Óxido de calcio, CaO,
sustancia blanca, ligera, cáustica y alcalina, que en contacto con el agua se
hidrata con desprendimiento de calor.
[7] Yeso = Sulfato de calcio
hidratado, que, deshidratado por la acción del fuego y molido, se endurece
rápidamente si se le amasa con agua; se emplea en la construcción y en
escultura.
[8] Almena = Prisma, gralte. rectangular,
que corona el muro de una fortificación.
[9] Desdentar = Quitar o sacar los
dientes.
[10] Raso = Plano, liso, sin
estorbos.
[11] Cornisa = Faja horizontal
estrecha que corre al borde de un precipicio o acantilado.
[12]
Guirnalda = Corona abierta de flores y ramos, o tira entretejida de flores y
ramos, aunque no tenga forma circular.
[13] Dentículo = Adorno en forma de
paralelepípedo rectángulo que se coloca alineado en la parte superior del friso
del orden jónico y en otros miembros arquitectónicos.
[14] Astrálogo = Cordón en forma de
anillo que abraza la columna.
[15] Testero = Pared de una
habitación. Trashoguero de la chimenea.
[16] Ceres = Diosa de la agricultura
y madre de Proserpina.
[17] Peplo = Hasta mediados del
siglo VI a. C. las damas se vestían con esta túnica cilíndrica llamada
peplo ; dejaba los hombros al descubierto, como se puede apreciar en la Dama de Auxerre
del Museo del Louvre.
[18] Desvaído = Color bajo y
disipado.
[19] Veteado = Ej: El mármol es
veteado. O, : “Me encanta el veteado de
esa madera”.
[20] Tocado = Mueble con espejo para
el aseo y peinado de una persona.
[21] Mieses = Tiempo de la siega y
cosecha de granos. Sembrados.
[22] Traspatio = Segundo patio de
las casas de vecindad que suele estar detrás del principal.
[23] Mascarón = Cara disforme o
fantástica usada como adorno arquitectónico: ~
de proa, figura colocada como adorno en lo alto del tajamar de los
buques.
[24] Estanque = Alberca, abrevadero.
[25] Cayado = Báculo, palo.
[26] Sordina = Las sordinas
obstruyen los movimientos de las ondas sonoras en los metales, amplifican
ciertos armónicos y reducen otros ; ver la sordina de trompeta. « En sordina » = acallado, apagado.
[27] Polea = Rueda móvil alrededor
de un eje, con una canal o garganta en su circunferencia, por donde pasa una
cuerda o cadena a cuyos extremos se aplican respectivamente una potencia y una
resistencia; sirve para levantar y mover pesos.
[28] Gorjeo = Quiebro que se hace
con la voz en la garganta. Apl. esp. al canto de los pájaros.
[29] Pechugón = Esfuerzo extremado o
impulso fuerte.
[30] Blasfemia = Palabra o expresión injuriosa contra
Dios o las personas o cosas sagradas.
[31] Chirrido = Voz o sonido agudo y
desagradable de algunas aves u otros animales.
[32] Alcuza = Vasija de forma
cónica, en que se tiene el aceite para el uso diario.
[33] Palmada = Golpe dado con la
palma de la mano.
[34] Pringoso = Algo que tiene
pringue. Pringue: Suciedad o grasa que se pega a la ropa o a otra cosa.
[35] Mondado = Limpio, más bonito,
más caro.
[36] Balaustrada = . Muro
calado de poca altura, o pretil, que tiene la función de barandilla.
[37] Persiana = . Especie de celosía, formada de
tablillas de madera, plástico o metal, arrollables o extensibles, que colocada
en el hueco de una ventana o balcón deja paso al aire y no al sol.
[38] Escombro = Desecho y cascote de un edificio
arruinado o derribado.
[39] Capitel = Parte superior de la
columna que corona el fuste y sobre el cual descansa el arquitrabe.
[40] Acanto = Planta acantácea, de
hojas grandes, lobuladas, de color verde obscuro, y de flores blancas con el
labio superior de la corola teñido de violeta o verde .
[41] Enredadera = Planta
convolvulácea, de tallos trepadores y flores en campanillas róseas con cinco
radios más obscuros.
[42] Voluta = Adorno de figura de
espiral en los capiteles de los órdenes jónico y compuesto.
[43] Erguirse = Levantarse, ponerse
en pie.
[44] Baldosa = Pieza de mármol,
cerámica o piedra, generalmente fina y pulimentada, que se usa para solar o
revestir muros.
[45] Boquete = Entrada o paso
angosto.
[46] Nogal = Árbol juglandáceo
frutal, de tronco corto y robusto, copa extensa, hojas grandes oficinales,
flores masculinas en amento y femeninas solitarias, y fruto en drupa de
epicarpio duro.
[47] Tornillo = Cilindro de metal,
madera, etc., con resalto helicoidal, que entra en la tuerca.
[48] Charnela = Bisagra: Punto de
unión o articulación de dos elementos cualesquiera, o elemento que actúa de
intermediario entre otros.
[49] Begonia = Planta begoniácea,
monoica, de hojas grandes, acorazonadas y acuminadas de color obscuro con
bordes plateados, y grandes flores rosadas.
[50] Cerradura = Mecanismo de metal
que se fija en puertas, tapas de cofres, cajones, etc., para cerrarlos por
medio de uno o más pestillos que se hacen jugar con la llave.
[51] “a hueco” = Ostentosa y profundamente.
[52] Estremecimiento = Acción de conmover,
hacer temblar.
[53] Jícara = Vasija pequeña que se
suele utilizar para tomar chocolate.
[54] Acorazado = Revestido.
[55] Escoltado = Acompañado,
protegido.
[56] Cirio = Vela de cera de un
pabilo, larga y gruesa.
[57] Monja = Religiosa de alguna de
las órdenes aprobadas por la Iglesia, que se liga con los tres votos solemnes y
gralte. está sujeta a clausura.
[58] Mecha = Torcida de una lámpara
o bujía.
[59] Carruaje = Vehículo formado por
una armazón de madera o hierro, montado sobre ruedas. Conjunto de carros
y coches que se previene para un viaje.
[60] Viga = Madero largo y
grueso para formar techos y sostener las fábricas.
[61] Pomo = Frasco o vaso pequeño de
vidrio o metal, para contener y conservar los licores y confecciones olorosas.
[62] Borla = . Conjunto de hebras o cordoncillos
reunidos por uno de sus cabos.
[63] Damasco = Tela fuerte de seda o
lana, con dibujos formados con el tejido y cuyo brillo los distingue del fondo.
[64] Escapulario = Conjunto de dos
pedazos pequeños de tela que se llevan por devoción colgados del cuello con dos
cintas largas.
[65] Cabecera = Parte de la cama
donde se ponen las almohadas.
[66] Cejudo = Que tiene las cejas
muy pobladas y largas.
[67] Reticente = Poco entusiasta
ante algo.
[68] Penoso = Trabajoso; que causa
pena o tiene gran dificultad.
[69] Escondrijo = Lugar propio para
esconder algo.
[70] Carmelita = Religioso de la
orden del Carmen.
[71] Sien = Parte lateral de la
cabeza, comprendida entre la frente, la oreja y la mejilla.
[72] Celeridad = Prontitud, rapidez,
velocidad.
[73] Brocado = Tela de seda
entretejida con oro o plata.
[74] Lecho = Cama.
[75] Enagua = Falda interior, gralte. de tela blanca,
usada debajo de la falda exterior.
[76] Corpiño = Almilla o jubón sin
mangas. Almilla: Especie de jubón, ajustado al cuerpo. Jubón :
Vestidura que cubre desde los hombros hasta la cintura, ceñida y ajustada al
cuerpo.
[77] Tachuela = Clavo corto y de
cabeza grande.
[78] Postor = El que hace la postura
más ventajosa en una subasta.
[79] Hebra = Hilo que forman las
materias viscosas que tienen cierto grado de concentración.
[80] Afiligranado = Pequeño, muy
fino y delicado.
[81] Maraña = Maleza. Maleza: Abundancia de hierbas malas de los
sembrados.
[82] Vedar = Prohibir [una cosa] por
ley o mandato.
[83] Legajo = Atado de papeles o
conjunto de los reunidos por tratar de una misma materia.
[84] Remorder = Inquietar,
desasosegar interiormente una cosa [a uno].
[85] Flagelo = Azote o instrumento
para azotar.
[86] Calesa = Coche de dos o cuatro
ruedas con la caja abierta por delante y capota de vaqueta.
[87] Crin = Conjunto de cerdas que
tienen algunos animales en la cerviz, en la parte superior del cuello y en la
cola: las crines del caballo.
[88] Coz = Acción de echar
violentamente hacia atrás una o ambas patas traseras un animal, y, p. ext., una
persona.
[89] Vasija grande de barro cocido,
mucho más ancha por el medio que por el fondo y la boca.
[90] Tacha = Falta o defecto en una
persona o cosa.
[91] Cimarrón = Animal salvaje, por
oposición al domesticado.
[92] Grieta = Quiebra o abertura.
[93] Papada = Abultamiento carnoso
anormal, debajo de la barba.
[94] Rubor = Color que la vergüenza
saca al rostro y que lo pone encendido.
[95] Biombo = Cancel japonés movible
que se pone en las habitaciones.
[96] Grupa = Mitad lateral de la
parte posterior de las caballerías.
[97] Bocado = Parte del freno que
entra en la boca de la caballería y, p. ext., el mismo freno.
[98] Charol = Cuero con un barniz
muy lustroso y permanente.
[99] Soportal = Espacio cubierto que
en algunas casas precede a la entrada principal. Pórtico a manera de claustro que tienen algunos edificios.
[100] Benjuí = Bálsamo de
estoraque. Estoraque : Árbol
estiracáceo de cuyo tronco se obtiene un bálsamo muy oloroso.
[101] Mazo = Porción de cosas atadas
formando grupo.
[102] Vetiver = Planta gramínea
tropical de cuyos rizomas aromáticos se extrae un aceite usado en perfumería.
[103] Vaho = Tufo. Vapor que despiden los cuerpos en
determinadas condiciones.
[104] Guarapo = Bebida fermentada
hecha con el jugo de la caña de azúcar.
[105] Diapasón = Lo que se emplea
como regulador de voces e instrumentos que al sonar da un la de 870 vibraciones
por segundo.
[106] Trocar = Intercambiar
mercancías sin intervención de dinero.
[107] Revuelo = Excitación que
produce un hecho, suceso, etc.
[108] Alarde = Ostentación y gala que
se hace de una cosa.
[109] Jaez = Fig. calidad, carácter.
[110] Morada = Casa o
habitación.
[111] Vigilia = Acción de estar en
vela.
[112] Sarao = Reunión nocturna cuyo
objeto es divertirse con baile y música.
[113] Achisparse = Ponerse casi
ebrio, estar casi borracho.
[114] Salterio = . Instrumento
músico que consiste en una caja prismática de madera, provista de cuerdas metálicas.
[115] Serpentón = Instrumento músico
de viento de tonos graves; consiste en un tubo de madera delgada forrado de
cuero, encorvado en forma de S, más ancho por el pabellón que por la boca.
[116] Requebrar = Lisonjear [a una
mujer] alabando sus atractivos.
[117] “su sumó” = Cieta habilidad de
vencer, resistir o responder.
[118] Guirigay = Lenguaje
ininteligible.
[119] Desván = Parte más alta de la
casa, inmediata al tejado.
[120] Repello = Acción de arrojar pelladas
[de yeso o cal] a la pared.
[121] Librea = Traje que ciertas
personas o entidades dan a sus criados, gralte. uniforme y con
distintivos.
[122] Entrepaño = Espacio de pared
entre dos columnas, pilastras o huecos.
[123] Escarchado = Cubierto de
escarcha. Escarcha: Rocío de la noche congelado.
[124] Alcanfor = Sustancia sólida,
blanca, cristalina, volátil, de olor característico, extraída del alcanforero y
otras lauráceas; se emplea en medicina y en la industria.
[125] Espadín = Espada de hoja muy
estrecha usada como prenda de ciertos uniformes.
[126] Amaranto = Planta amarantácea,
de hojas alternas, flores en espiga densa y fruto de muchas semillas negras y
relucientes.
[127] Miriñaques = Joya pequeña de
poco valor.
[128] Chispero = Tela metálica de la
que se desprenden chispas.
[129] Redecilla = Tejido de mallas de
que se hacen las redes.
[130] Borla = Insignia de los
graduados de doctores y licenciados en las universidades.
[131] Rebozo = Un tipo de bufando o
pañuelo grande.
[132] Amansado = Domado, domesticado.
[133] Ballena = Varilla de metal en
el corset.
[134] Fámula = Criada.
[135] Tibieza = Calidad de
tibio.
[136] Escote = Parte del busto que
queda al descubierto por estar escotado el vestido.
[137] Atalaya = Torre para atalayar
(observar).
[138] Contonearse = Mover con
afectación los hombros y caderas al andar.
[139] Ajorca = Argolla de metal que
llevaban las mujeres en las muñecas, en los brazos o en la garganta de los
pies.
[140] Guaracha = Orquesta pobre,
compuesta de acordeón o guitarra y güiro, maracas, etc.
[141] Garbo = Gallardía, buen
porte.
[142] Entrecano = Cabello o barba a
medio encanecer.
[143] Mohín = Mueca, gesto.
[144] Albacea = Persona nombrada por
el testador para asegurar el cumplimiento de su última voluntad.
[145] Coto = Término, límite.
[146] Gnomon = Indicador de las horas
en el reloj solar.
[147] Ensanchar = Extender, dilatar,
hacer más ancha [una cosa].
[148] Frontis = Fachada o frontispicio.
[149] Jofaina = Vasija ancha y poco
profunda que sirve esp. para lavarse la cara y las manos.
[150] Gaveta = Cajón corredizo de los
escritorios.
[151] Calesero =- El que tiene por
oficio conducir calesas.
[152] Empaque = Lo que ha sido
empacado.
[153] Compota = Dulce de fruta cocida
con agua y azúcar.
[154] Alecena = Armario hecho
aprovechando el ángulo interior formado por dos paredes de una habitación,
colocándole una puerta en chaflán.
[155] Legajo = Atado de papeles o
conjunto de los reunidos por tratar de una misma materia.